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Retiro espiritual de un no creyente PDF Imprimir E-Mail

Por Josep Castelló (x)

Una vez más he cumplido con mi peregrinación anual a Taizé [1], ese
oasis de paz y concordia hecha posible mediante la acogida fraterna
exenta de imposiciones doctrinales, el trabajo desinteresado, la vida
sencilla y austera y una plegaria en común centrada en el canto y en
el silencio. Quienquiera que allí vaya podrá respirar esa atmósfera de
abierta fraternidad que lleva a la cumbre de la espiritualidad
inherente a la humana natura. Da igual el credo que se profese o
incluso el no credo, porque el camino está abierto a quien lo quiera
transitar.

Somos muchas las personas de mi generación que fuimos educadas
católicamente y, andando el tiempo, tras cuestionar las creencias que
nos habían sido transmitidas, decidimos abandonar la religión. Eran
tiempos aquellos en los que nuevas perspectivas se abrían al
pensamiento y entraban en conflicto con la moral católica tradicional
y muy especialmente con la actitud retrógrada y oscurantista de la
Iglesia que teníamos en nuestro entorno.

El paulatino descubrimiento de la triste realidad política española,
cuya reciente historia se nos había transmitido bajo una atmósfera de
institucional engaño; del soporte que la Santa Madre Iglesia dio a los
militares golpistas que implantaron una férrea dictadura en España y
el que siguió dando a las sanguinarias dictaduras de América Latina;
del posicionamiento político de la alta clerecía, amiga de los
poderosos y los ricos, sexista, discriminadora, negadora de derechos
humanos reconocidos por la sociedad civil, y un sinnúmero de
iniquidades más, pasadas y presentes, que las buenas personas
católicas prefieren ignorar o excusar, generó un firme y profundo
rechazo a cuanto de la Iglesia Católica nos llegaba, empezando por su
doctrina.

El alejamiento religioso nos impidió vivir la renovación eclesial del
Vaticano II y el nacimiento de la Teología de la Liberación,
verdaderos esfuerzos por retornar a las fuentes del cristianismo desde
perspectivas de humana actualidad. Por ello, pese a la educación que
recibimos en nuestra infancia, seguimos viviendo lejos de todo
discurso religioso, en una posición agnóstica cuyo conflicto no era ni
es Dios sino los hombres que dicen hablar en su nombre. Hoy somos
muchas las personas que rechazamos a la Iglesia y su discurso
conservador y soberbio y nos planteamos la religión desde una
perspectiva antropológica y humana.

Al margen de que se profesen o no creencias religiosas, es preciso
aceptar que la mente humana es creadora de mitos y misterios, a partir
de los cuales las sociedades han ido elaborando sus religiones desde
los más remotos tiempos. El hecho de que estas religiones hayan
servido de guía a los pueblos que las profesaban durante largos
períodos de su historia nos lleva a pensar que en su origen hay un
importante caudal de sabiduría que merece ser estudiado. Y por el
mismo motivo merece serlo el funcionamiento de la estructura mental
que con el fenómeno religioso se relaciona.

A quien observe hoy el mundo occidental superficialmente le podrá
parecer que la gente vive libre de discursos religiosos e ideológicos,
pero se equivoca. La publicidad hace continuas referencias a mitos
paradisíacos que en otro tiempo daban lugar a afirmaciones religiosas.

La forma como los medios de comunicación transmiten los
acontecimientos son un continuo de eslóganes doctrinales dictados por
los poderes fácticos y quienes abogan por la forma de vida que nos han
impuesto. Los discursos no son hoy tan explícitos como lo fueron en
determinados momentos del siglo pasado, pero son mucho más intensos y
persuasivos. La mayor parte de la población no es consciente de los
continuos mensajes subliminales que recibe, por lo que estos calan
hondo en su mente configurándola en una ideología nihilista y
deshumanizadora.

Como consecuencia de ello, se vive hoy sin otras referencias que las
dictadas por las necesidades inmediatas, objetivas y subjetivas a un
tiempo, aceptando como máximos valores el confort y el éxito personal.
Los sistemas educativos de los países más desarrollados técnica y
económicamente han sucumbido a la vorágine materialista desatada por
tan irreflexiva forma de vivir.

El individualismo ha destronado al espíritu colectivo que durante
siglos guió a la humanidad hacia horizontes de utopía. Y como colofón
podemos decir que el mundo entero se debate hoy por subsistir en un
planeta que la ambición y la desmesura destruyen a velocidad
vertiginosa.

Nuestra civilización occidental cristiana necesita descubrir
urgentemente un modo de vivir completamente distinto del que promueve
la ideología capitalista. No podemos seguir basando nuestra
subsistencia en la agresividad, sino que es urgente poner en práctica
formas de vivir basadas en la cooperación. Y es en este contexto y
bajo esta perspectiva humana, tanto o más que en la religiosa, que
Taizé se nos muestra como un puerto hacia la esperanza.

La forma de vida austera a la vez que gozosa que se da en Taizé
desmiente el discurso consumista y permite descubrir el valor de la
colaboración y del trabajo desinteresado, algo impensable según la
ideología que el voraz capitalismo ha extendido a lo largo y ancho de
nuestro planeta. La organización temporal que allí rige atiende las
necesidades materiales a la par que las espirituales, dimensión humana
ésta de la mente que no suele formar parte de la filosofía del
occidente actual, abocada a una dinámica de actividad permanente, ya
sea productiva ya para procurarse diversión.

La invitación a un recogimiento interno en forma de plegaria
colectiva, abierta y plural, que puede ser aceptada por creyentes de
diversas confesiones cristianas y no cristianas y aun por personas
agnósticas, supera todas las intolerancias habituales en los entornos
religiosos confesionales y abre la puerta a la libre introspección.

Todo allí está pensado para favorecer el crecimiento humano de quienes
participan. Si la forma de vida condiciona la forma de pensar, allí se
da una forma de vida humanizadora. Si la reflexión es el camino
necesario para el crecimiento humano, allí se da reflexión desde
diversas perspectivas religiosas y humanas. Si el silencio interior es
la condición necesaria para alcanzar el propio conocimiento, allí se
da ese silencio. La ausencia de afanes materiales, la reflexión, el
silencio interno, la paz en el entorno que favorece hallar la de la
propia alma son los aspectos que remarco de cuanto allí percibo.

No toda la población visitante comparte esta perspectiva, pues en su
mayoría son personas provenientes de entornos religiosos
confesionales, mayoritariamente católicos, para quienes la religión
consiste en una relación personal con el Dios del cielo, lo cual si no
está completamente al margen de la forma de vida que se siga puede no
guardar una estrecha relación con ella siempre que se observen las
enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, que no son precisamente un
modelo estimable en cuanto a justicia equitativa ni a relación entre
las personas y los pueblos.

Pero aun cuando esta abundancia de población creyente abocada a la
práctica religiosa convencional tiende a ofrecer una imagen exterior
que puede no diferenciarse demasiado de la que se obtiene en
determinados eventos religiosos de la Iglesia Católica Romana, quien
se acerque con una visión humanista y más cercana al agnosticismo que
a la creencia religiosa podrá observar cuanto decimos.

Por supuesto que una semana de estancia en Taizé difícilmente puede
cambiar la forma de pensar y de sentir a nadie, pero puede servir de
referencia para posteriores reflexiones, para cuestionar falsas
certezas, para reabrir esperanzas...

A buen seguro que quien más quien menos saldrá de allí con alguna
novedad interna, tal vez atisbando alguna posibilidad hasta entonces
no considerada, o tal vez afirmándose en alguna anteriormente
descubierta. Y quien a tanto no llegue, habrá vivido al menos la
ocasión de dar un primer paso en alguna de esas direcciones. En
cualquier caso, desde una perspectiva agnóstica y humana es una
experiencia recomendable.+ (PE)

Nota. Como podrán ver quienes entren en la página web de la Comunidad
de Taizé, http://www.taize.fr/es, su ya remoto origen se sitúa en los
tristes años de la segunda guerra mundial, cuando los ejércitos
alemanes invadieron Francia y la locura nazi desencadenó una feroz
persecución de judíos, gitanos y otros seres que en su ideario
figuraban como inferiores. Allí el Hermano Roger de la Iglesia
Calvinista y otras personas compasivas de diversas confesiones
religiosas escondieron a cuantos pudieron e hicieron cuanto les fue
posible para ayudarles a huir. Taizé nació pues horizontalmente, con
amplia vocación fraterna en favor del débil, del injustamente
perseguido por el poder.
Pasada la gran guerra, una parte de quienes allí actuaron,
provenientes de diversas iglesias cristianas, decidieron unirse en
comunidad fraterna para dedicarse a organizar encuentros de jóvenes
procedentes de diversos países e iglesias con el fin de que se
conociesen y amasen y fuesen capaces de negarse a repetir la barbarie
de la guerra que tan de cerca ellos habían vivido/ Josep Castelló
(*) Josep Castelló (Pepcastelló en la red), maestro de enseñanza
primaria, jubilado, residente en Catalunya-España, administra “La hora
del Grillo”, colabora en FEADULTA y en KAOSENLARED, un “Colectivo
Plural Anticapitalista”,  donde Castelló, a menudo, recuerda que “no
sólo de pan vive el hombre”. Castelló envió  este artículo, luego de
recibir los despachos de PE/Ecupres PreNot 8413/14/15 del 090918
titulados Navegar hacia y junto a los pobres, ¿Dónde Quedó La Palabra
De Dios? .

(x) Editada por la agencia evangélica Prensa Ecuménica (Ecupres), de la
Ciudad de Bahía Blanca, Argentina.

Publicado el ( Lunes, 21 de Septiembre de 2009 )
 
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